Hubo un tiempo en que me sentía llena de miedos, y sola.
Y me hablaron del amor de Dios pero no lo creía, no lo sentía, en el fondo mis errores, mi pasado y mis pecados me acusaban al grado de creer que no existía, que no lo merecía.
Recuerdo haber entrado una vez a una librería bíblica y haber ido directo y comprar algo con lo que me identificaba, el libro se titulaba: Mujeres malas de la Biblia. Tal vez en el fondo intentaba justificar «que hasta en la biblia existían», que siempre las ha habido y yo era una de ellas.
Con el paso del tiempo, la soledad y las cargas fueron tan pesadas, que un día caí de rodillas, incapaz de sostener mi mundo aunque estaba rodeada de personas que me amaban. La súpermujer en la que me había convertido estaba derrotada, exhausta, casi muerta.
Recuerdo haber hablado con mi esposo, con un sacerdote, con amigas y no encontrar en nadie que llenara el hueco que tenía en mi corazón. Recuerdo también estar desesperada por no saber qué hacer y abrir la biblia que me dio mi madrina Estela en la lejana primera comunión, y estar como aquella Blanche que corrió a casa de otra Stella, en el tranvía llamado deseo, creyendo que (yo) siempre dependía de la bondad de los extraños.
Aunque yo conocía esa biblia y su contenido, sus palabras seguían siendo extrañas para mí, y ahí estaba yo, pendiendo de ella con mis anhelos en un hilo, leyendo cómo Dios me decía que sin importar lo que fuera a suceder, que Él iba a estar conmigo, para después darme cuenta que ese pasaje textual no existe.
Entonces con un poco de esperanza – y sin darme cuenta- un día mi hermana me invitó a atestiguar la bendición de su anuncio matrimonial. Y llegué esperando un evento sin darme cuenta que Dios mismo me estaba esperando para cambiarme la vida.
Con cada paso que daba, yo sentía cómo los cimientos de mi mente y de mi corazón se sacudían, y la puerta de la cárcel en la que me encontraba se abrió, y las cadenas de mis manos y mis pies cayeron y se rompieron para siempre.
Recuerdo llorar de vergüenza porque no me había dado cuenta que hubo Uno que siempre me amó, que nunca me había dejado sola, que Él siempre estuvo ahí, esperando a que yo creyera, cuidándome, hablándome, usando a muchas personas para mostrármelo, y yo lo ignoraba voluntariamente hasta después hacerlo automáticamente, ya ni me daba cuenta. Él había ganado la batalla por mí en una cruz y con toda su sangre pagó el precio de mis pecados y ese peso que cargaba encima ni siquiera era mío, me habían engañado ¡y yo no lo podía ver!
Ahora podía oír esa voz que algunas veces me despertaba en las madrugadas, lejana, que me llamaba por mi nombre y me hacía levantarme de la cama para ir hasta la calle. Esa voz que la última vez me llamó con el mismo cariño con el que mi papá me hablaba cuando era niña. Recuerdo haber despertado una mañana diciéndole a mi esposo: mi papá está afuera, y haber corrido con la misma inocencia que escucha la voz de ternura de su papito, su héroe, que la ama y la protege como a la niña de sus propios ojos.
Yo estaba llena de miedos, como toda mujer sola, pero entonces me di cuenta que era mentira, que Cristo estaba conmigo y mi esposo, mi familia y mis amigos, entonces me vació los temores, me quitó la carga y me dio un futuro y una esperanza. Yo tenía un Salvador.
Ese día, cuando preguntaron que si alguien quería recibir a Jesús en su corazón: yo di un paso al frente, sin miedo y dije con todo mi corazón, con toda mi mente y con todas mis fuerzas una oración parecida a esta, y tú la puedes hacer también hoy:
Jesús: yo he pecado y me arrepiento. Perdóname. No quiero estar alejada de ti otra vez, jamás. Creo en tu sacrificio, en que eres el Hijo de Dios. Eso que hiciste en la cruz hazlo en mí, resucita lo que está muerto en mi vida, en mi matrimonio, en mi familia. Cámbiame, házme otra vez, ayúdame a serte fiel. Sé mi Señor y mi Salvador. Amén.
Si tú has hecho esta oración con convicción, el Espíritu de Dios ahora vive en ti, como lo hace en mí. Ora, ayuna, lee la biblia, asiste a una iglesia y comparte con otros lo que Dios ha hecho contigo.
Deja que Dios te renueve todos los días. No te preocupes por lo que vas a decir, Dios hablará a través de ti.
Bienvenida a la familia de Dios, ahora eres Su hija y su heredera, ahora tu nombre está escrito en el libro de la vida.
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